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domingo, 31 de enero de 2016

PSICOANÁLISIS. NO HACER CONSCIENTE LO INCONSCIENTE SINO VOLVER PASADO EL PASADO.



Dice Samanta Schweblin: Hay una frase de David Clowes que recito de memoria cada vez que no sé cuál será el siguiente paso:

“Hay que aprender a tirar las historias a la basura, y usar lo que queda de ellas sólo como influencia”.
Es mi manera de aceptar las manchas y, sobre las manchas, bordar algo del futuro”.

Me parece un adecuado enfoque de la elaboración inconsciente que plantea el psicoanálisis. El pasado, cernido a través de las nuevas adquisiciones queda desarmado y se convierte en materia prima para la nueva personalidad.

domingo, 23 de enero de 2011

NO SE TRATA DE HACER CONSCIENTE LO INCONSCIENTE SINO DE CONVERTIR EL PASADO EN PASADO

La concepción de la cura como toma de conciencia - hacer consciente lo inconciente – se queda corta. Suele ser un paso necesario, pero no suficiente.

Por ejemplo, cuando un paciente se presenta en Alcohólicos Anónimos, dirá ante los compañeros del grupo: “soy alcohólico”. Se lo toma como un comienzo.

Si no nos damos cuenta que tenemos un problema, tomar conciencia del mismo puede ser el primer paso para solucionarlo.

Sin embargo hemos visto a personas conscientes de los errores que cometen, darse buenos consejos a sí mismos, sin ser capaces de hacerse caso.

Es necesario un trabajo en la personalidad, antes de que la toma de conciencia pueda resolver el problema.

Es parecido a lo que ocurre en el campo social con la ideología:

Muchos han pensado que si una persona o grupo toma conciencia del error de sus ideas, cambiará de forma de actuar.

Muchos movimientos políticos se han embarcado en esta visión de las cosas y su fracaso ha demostrado que la ideología no es sólo un problema de la conciencia, sino que está, por decirlo así, encarnada. Resulta necesario un proceso de trabajo sobre la experiencia para cambiarla.

Recuerdo a un señor que me consultó el caso de su hijita de 10 años que sufría repetidas crisis de angustia y depresión.

La niña estaba en tratamiento psicológico y la familia me solicitaba una segunda opinión.

Me dí cuenta que la familia, como suele ocurrir en los niños con cuadros sintomáticos, estaba implicada en el problema del que la niña era un síntoma y que el terapeuta tenía en cuenta esta situación.

Les recomendé que persistieran en el tratamiento, porque el psicólogo parecía estar haciendo bien las cosas y veía que la niña iba a necesitar bastante más tiempo de terapia que los cuatro meses que llevaba hasta ese momento. Les dije que si tenían mucha paciencia dándole el tiempo suficiente al tratamiento, ella empezaría a crecer.

Después de varios años volví a ver al padre. Me dijo que la niña estaba muy bien, habiendo superado los largos años de dificultades psicológicas que padecía al momento de la consulta.

Me acordé que en aquella ocasión le había dicho que llegaría un momento en que algo en su mente haría clic, y empezaría a superar la tendencia depresiva y de allí en adelante se le abriría otro camino.

Fue curioso escucharle decir al padre que “lo del clic” había sido así, y que para llegar a ese momento fue necesario mucho trabajo. Había muchas situaciones inconcientes que tuvieron que elaborar, tanto la niña como sus familiares, dijo.

En este caso, el problema de “toma de conciencia” queda bien situado.

Criticamos la cura como toma de conciencia porque deja de lado el concepto de trabajo, necesario para que los conflictos inconcientes se resuelvan.

Algunos problemas se harán conscientes como parte de su resolución, y otros no sabrá el paciente como se resolvieron.

Llevado por esta concepción hemos visto que a veces el terapeuta le dice al paciente con cierto enfado: — No fastidie, tome conciencia — con la idea que al hacerlo todo quedará arreglado, como si se tratara de un ejercicio de voluntad, cuando no lo hace a propósito sino obligado por su condicionamiento inconsciente.

Conviene aclarar que en la dirección contraria, cuando una persona está lista para un cambio y le falta tomar conciencia del problema, este puede ser el paso final para el cambio. En estos casos podemos tener razón en que tomar conciencia lleva a la solución, pero es la excepción a la regla y no debe tomarse como ley general.

La noción de cura como toma de conciencia se halla englobada en una idea más general, que es la filosofía de la comprensión o filosofía de la conciencia, que supone que los procesos mentales son en su totalidad conscientes.

Desde el punto de vista del psicoanálisis entendemos que existen procesos inconcientes que determinan la conciencia.

Esta cuestión puede verse desde el punto de vista del síntoma:

El síntoma es como una señal de carretera que nos dice que vayamos en una dirección: — Mira en esta dirección que allí tienes algo que aprender —. Los síntomas hablan.

— ¿De qué hablan?

— Del conflicto inconsciente que los produce.

Por ejemplo el alcohólico dirá:

Yo sé que beber me hace daño y que dejarlo me cambiaría la vida, pero no puedo.

El sujeto es consciente del problema, pero no puede hacer caso del consejo que le da su conciencia.

— ¿Por qué no puede dejar de lado el alcohol, sabiendo que le hace mal?

— Porque el alcoholismo, es un síntoma de una historia de conflictos emocionales que han dejado marcas en su personalidad.

Hasta aquí todo el mundo lo entiende.

Pero de aquí en adelante se abren dos caminos distintos para la solución del problema.

Uno es el que considera que tomando consciencia y poniendo de su parte, mediante la voluntad se resolverá el problema.

Y el del psicoanálisis:

— Que la dependencia al alcohol es un síntoma de conflictos inconcientes que hay que resolver, por lo que su cura dependerá de que estos se resuelvan. Por supuesto que la voluntad sigue siendo un factor necesario.

Los conflictos están encarnados en el inconsciente por lo que el método psicoanalítico trabaja en “transferencia”.

Este concepto producido por Freud, significa que los traumas que han marcado la personalidad del sujeto, son concentrados como por un embudo en la relación que el paciente lleva adelante con el psicoanalista, y allí encuentran un camino de cambio, en tanto se vuelven a vivir en la relación con el analista y en ella pueden resolverse de una mejor forma que la que ocurrió en su pasado. Es lo que se llama “Neurosis de transferencia”.

Freud decía de la transferencia del psicoanálisis: “La cura no se produce en ausencia ni en efigie”.

Vale decir que no se produce por una vía de comprensión, en ausencia de lo vivido, ni por representación de lo vivido, sino volviéndolo a vivir, en la evocación de lo vivido.

Hace unos días, una psiquiatra le dijo a una de mis pacientes, criticando su psicoanálisis, que no se puede cambiar el pasado.

Este es un error común cuando no se tiene en cuenta el concepto de inconsciente. Se habla del pasado real cuando se trata del pasado psíquico, que es aquello vivido en el pasado que no deja de machacarnos el presente.

No se trata de cambiar el pasado material de los hechos sucedidos, como si tuviéramos una máquina del tiempo en que viajamos al momento en que fijó el conflicto, para así vivirlo de otra manera.

Quitar en el presente las marcas traumáticas que lo vivido ha dejado, es a lo que nos referimos como cambiar el pasado.

Es por ese error de concepción que deja de lado lo inconsciente, que se puede decir que no es posible cambiar el pasado en la personalidad del sujeto.ra como toma de conciencia - hacer consciente lo inconciente – se queda corta. Suele ser un paso necesario, pero no suficiente.

Por ejemplo, cuando un paciente se presenta en Alcohólicos Anónimos, dirá ante los compañeros del grupo: “soy alcohólico”. Se lo toma como un comienzo.

Si no nos damos cuenta que tenemos un problema, tomar conciencia del mismo puede ser el primer paso para solucionarlo.

Sin embargo hemos visto a personas conscientes de los errores que comenten, darse buenos consejos a sí mismos, sin ser capaces de hacerse caso.

Es necesario un trabajo en la personalidad, antes de que la toma de conciencia pueda resolver el problema.

Es parecido a lo que ocurre en el campo social con la ideología:

Muchos han pensado que si una persona o grupo toma conciencia del error de sus ideas, cambiará de forma de actuar.

Muchos movimientos políticos se han embarcado en esta visión de las cosas y su fracaso ha demostrado que la ideología no es sólo un problema de la conciencia, sino que está, por decirlo así, encarnada. Resulta necesario un proceso de trabajo sobre la experiencia para cambiarla.

Recuerdo a un señor que me consultó el caso de su hijita de 10 años que sufría repetidas crisis de angustia y depresión.

La niña estaba en tratamiento psicológico y la familia me solicitaba una segunda opinión.

Me dí cuenta que la familia, como suele ocurrir en los niños con cuadros sintomáticos, estaba implicada en el problema del que la niña era un síntoma y que el terapeuta tenía en cuenta esta situación.

Les recomendé que persistieran en el tratamiento, porque el psicólogo parecía estar haciendo bien las cosas y veía que la niña iba a necesitar bastante más tiempo de terapia que los cuatro meses que llevaba hasta ese momento. Les dije que si tenían mucha paciencia dándole el tiempo suficiente al tratamiento, ella empezaría a crecer.

Después de varios años volví a ver al padre. Me dijo que la niña estaba muy bien, habiendo superado los largos años de dificultades psicológicas que padecía al momento de la consulta.

Me acordé que en aquella ocasión le había dicho que llegaría un momento en que algo en su mente haría clic, y empezaría a superar la tendencia depresiva y de allí en adelante se le abriría otro camino.

Fue curioso escucharle decir al padre que “lo del clic” había sido así,y que para llegar a ese momento fue necesario mucho trabajo. Había muchas situaciones inconcientes que tuvieron que elaborar, tanto la niña como sus familiares, dijo.

En este caso, el problema de “toma de conciencia” queda bien situado.

Criticamos la cura como toma de conciencia porque deja de lado el concepto de trabajo, necesario para que los conflictos inconcientes se resuelvan.

Algunos problemas se harán conscientes como parte de su resolución, y otros no sabrá el paciente como se resolvieron.

Llevado por esta concepción hemos visto que a veces el terapeuta le dice al paciente con cierto enfado: — No fastidie, tome conciencia — con la idea que al hacerlo todo quedará arreglado, como si se tratara de un ejercicio de voluntad, cuando no lo hace a propósito sino obligado por su condicionamiento inconsciente.

Conviene aclarar que en la dirección contraria, cuando una persona está lista para un cambio y le falta tomar conciencia del problema, este puede ser el paso final para el cambio. En estos casos podemos tener razón en que tomar conciencia lleva a la solución, pero es la excepción a la regla y no debe tomarse como ley general.

La noción de cura como toma de conciencia se halla englobada en una idea más general, que es la filosofía de la comprensión o filosofía de la conciencia, que supone que los procesos mentales son en su totalidad concientes.

Desde el punto de vista del psicoanálisis entendemos que existen procesos inconcientes que determinan la conciencia.

Esta cuestión puede verse desde el punto de vista del síntoma:

El síntoma es como una señal de carretera que nos dice que vayamos en una dirección: — Mira en esta dirección que allí tienes algo que aprender —. Los síntomas hablan.

— ¿De qué hablan?

— Del conflicto inconsciente que los produce.

Por ejemplo el alcohólico dirá:

Yo sé que beber me hace daño y que dejarlo me cambiaría la vida, pero no puedo.

El sujeto es consciente del problema, pero no puede hacer caso del consejo que le da su conciencia.

— ¿Por qué no puede dejar de lado el alcohol, sabiendo que le hace mal?

— Porque el alcoholismo, es un síntoma de una historia de conflictos emocionales que han dejado marcas en su personalidad.

Hasta aquí todo el mundo lo entiende.

Pero de aquí en adelante se abren dos caminos distintos para la solución del problema.

Uno es el que considera que tomando consciencia y poniendo de su parte, mediante la voluntad se resolverá el problema.

Y el del psicoanálisis:

— Que la dependencia al alcohol es un síntoma de conflictos inconcientes que hay que resolver, por lo que su cura dependerá de que estos se resuelvan. Por supuesto que la voluntad sigue siendo un factor necesario.

Los conflictos están encarnados en el inconsciente por lo que el método psicoanalítico trabaja en “transferencia”.

Este concepto producido por Freud, significa que los traumas que han marcado la personalidad del sujeto, son concentrados como por un embudo en la relación que el paciente lleva adelante con el psicoanalista, y allí encuentran un camino de cambio, en tanto se vuelven a vivir en la relación con el analista y en ella pueden resolverse de una mejor forma que la que ocurrió en su pasado. Es lo que se llama “Neurosis de transferencia”.

Freud decía de la transferencia del psicoanálisis: “La cura no se produce en ausencia ni en efigie”.

Vale decir que no se produce por una vía de comprensión, en ausencia de lo vivido, ni por representación de lo vivido, sino volviéndolo a vivir, en la evocación de lo vivido.

Hace unos días, una psiquiatra le dijo a una de mis pacientes, criticando su psicoanálisis, que no se puede cambiar el pasado.

Este es un error común cuando no se tiene en cuenta el concepto de inconsciente. Se habla del pasado real cuando se trata del pasado psíquico, que es aquello vivido en el pasado que no deja de machacarnos el presente.

No se trata de cambiar el pasado material de los hechos sucedidos, como si tuviéramos una máquina del tiempo en que viajamos al momento en que fijó el conflicto, para así vivirlo de otra manera.

Quitar en el presente las marcas traumáticas que lo vivido ha dejado, es a lo que nos referimos como cambiar el pasado.

Es por ese error de concepción que deja de lado lo inconsciente, que se puede decir que no es posible cambiar el pasado en la personalidad del sujeto.La concepción de la cura como toma de conciencia - hacer consciente lo inconciente – se queda corta. Suele ser un paso necesario, pero no suficiente.

Por ejemplo, cuando un paciente se presenta en AlcohólicosAnónimos, dirá ante los compañeros del grupo: “soy alcohólico”. Se lo toma como un comienzo.

Si no nos damos cuenta que tenemos un problema, tomar concienciadel mismo puede ser el primer paso para solucionarlo.

Sin embargo hemos visto a personas concientes de los errores que comenten, darse buenos consejos a sí mismos, sin ser capaces de hacerse caso.

Es necesario un trabajo en la personalidad, antes de que la toma de conciencia pueda resolver el problema.

Es parecido a lo que ocurre en el campo social con la ideología:

Muchos han pensado que si una persona o grupo toma conciencia del error de sus ideas, cambiará de forma de actuar.

Muchos movimientos políticos se han embarcado en esta visión de las cosas y su fracaso ha demostrado que la ideología no es sólo un problema de la conciencia, sino que está, por decirlo así, encarnada. Resulta necesario un proceso de trabajo sobre la experiencia para cambiarla.

Recuerdo a un señor que me consultó el caso de su hijita de 10 años que sufría repetidas crisis de angustia y depresión.

La niña estaba en tratamiento psicológico y la familia me solicitaba una segunda opinión.

Me dí cuenta que la familia, como suele ocurrir en los niños con cuadros sintomáticos, estaba implicada en el problema del que la niña era un síntoma y que el terapeuta tenía en cuenta esta situación.

Les recomendé que persistieran en el tratamiento, porque el psicólogo parecía estar haciendo bien las cosas y veía que la niña iba a necesitar bastante más tiempo de terapia que los cuatro meses que llevaba hasta ese momento. Les dije que si tenían mucha paciencia dándole el tiempo suficiente al tratamiento, ella empezaría a crecer.

Después de varios años volví a ver al padre. Me dijo que la niña estaba muy bien, habiendo superado los largos años de dificultades psicológicas que padecía al momento de la consulta.

Me acordé que en aquella ocasión le había dicho que llegaría un momento en que algo en su mente haría clic, y empezaría a superar la tendencia depresiva y de allí en adelante se le abriría otro camino.

Fue curioso escucharle decir al padre que “lo del clic” había sido así,y que para llegar a ese momento fue necesario mucho trabajo. Había muchas situaciones inconcientes que tuvieron que elaborar, tanto la niña como sus familiares, dijo.

En este caso, el problema de “toma de conciencia” queda bien situado.

Criticamos la cura como toma de conciencia porque deja de lado el concepto de trabajo, necesario para que los conflictos inconcientes se resuelvan.

Algunos problemas se harán concientes como parte de su resolución, y otros no sabrá el paciente como se resolvieron.

Llevado por esta concepción hemos visto que a veces el terapeuta le dice al paciente con cierto enfado: — No fastidie, tome conciencia — con la idea que al hacerlo todo quedará arreglado, como si se tratara de un ejercicio de voluntad, cuando no lo hace a propósito sino obligado por su condicionamiento inconsciente.

Conviene aclarar que en la dirección contraria, cuando una persona está lista para un cambio y le falta tomar conciencia del problema, este puede ser el paso final para el cambio. En estos casos podemos tener razón en que tomar conciencia lleva a la solución, pero es la excepción a la regla y no debe tomarse como ley general.

La noción de cura como toma de conciencia se halla englobada en una idea más general, que es la filosofía de la comprensión o filosofía de la conciencia, que supone que los procesos mentales son en su totalidad concientes.

Desde el punto de vista del psicoanálisis entendemos que existen procesos inconcientes que determinan la conciencia.

Esta cuestión puede verse desde el punto de vista del síntoma:

El síntoma es como una señal de carretera que nos dice que vayamos en una dirección: — Mira en esta dirección que allí tienes algo que aprender —. Los síntomas hablan.

— ¿De qué hablan?

— Del conflicto inconsciente que los produce.

Por ejemplo el alcohólico dirá:

Yo sé que beber me hace daño y que dejarlo me cambiaría la vida, pero no puedo.

El sujeto es conciente del problema, pero no puede hacer caso del consejo que le da su conciencia.

— ¿Por qué no puede dejar de lado el alcohol, sabiendo que le hace mal?

— Porque el alcoholismo, es un síntoma de una historia de conflictos emocionales que han dejado marcas en su personalidad.

Hasta aquí todo el mundo lo entiende.

Pero de aquí en adelante se abren dos caminos distintos para la solución del problema.

Uno es el que considera que tomando consciencia y poniendo de su parte, mediante la voluntad se resolverá el problema.

Y el del psicoanálisis:

— Que la dependencia al alcohol es un síntoma de conflictos inconcientes que hay que resolver, por lo que su cura dependerá de que estos se resuelvan. Por supuesto que la voluntad sigue siendo un factor necesario.

Los conflictos están encarnados en el inconsciente por lo que el método psicoanalítico trabaja en “transferencia”.

Este concepto producido por Freud, significa que los traumas que han marcado la personalidad del sujeto, son concentrados como por un embudo en la relación que el paciente lleva adelante con el psicoanalista, y allí encuentran un camino de cambio, en tanto se vuelven a vivir en la relación con el analista y en ella pueden resolverse de una mejor forma que la que ocurrió en su pasado. Es lo que se llama “Neurosis de transferencia”.

Freud decía de la transferencia del psicoanálisis: “La cura no se produce en ausencia ni en efigie”.

Vale decir que no se produce por una vía de comprensión, en ausencia de lo vivido, ni por representación de lo vivido, sino volviéndolo a vivir, en la evocación de lo vivido.

Hace unos días, una psiquiatra le dijo a una de mis pacientes, criticando su psicoanálisis, que no se puede cambiar el pasado.

Este es un error común cuando no se tiene en cuenta el concepto de inconsciente. Se habla del pasado real cuando se trata del pasado psíquico, que es aquello vivido en el pasado que no deja de machacarnos el presente.

No se trata de cambiar el pasado material de los hechos sucedidos, como si tuviéramos una máquina del tiempo en que viajamos al momento en que fijó el conflicto, para así vivirlo de otra manera.

Quitar en el presente las marcas traumáticas que lo vivido ha dejado, es a lo que nos referimos como cambiar el pasado.

Es por ese error de concepción que deja de lado lo inconsciente, que se puede decir que no es posible cambiar el pasado en la personalidad del sujeto.

sábado, 20 de septiembre de 2008

POST MODERNISMO II

MÁS QUE “EL FIN DE LOS GRANDES RELATOS”,

EL FIN DE SU IDEALIZACIÓN

Pensamos que, de una similar manera a lo que ocurre con la psiquis, en que la conciencia y lo inconsciente se trabajan entre sí poniéndose límites, esto mismo se podría pensar en la idea de lo post moderno.

Siendo así que no propondría exactamente “el fin de los grandes relatos”, sino el fin de su vanidad, por decir así; el fin de la idealización de los grandes relatos. El fin de los grandes,… el comienzo de los relatos.

No se trataría entonces de una relativización sin medida, como podrían suponerse, y como parece haberse vulgarizado la idea, y como les gustaría a algunos que, en todo lo que se pueda hallar algo de relativo o de no absoluto, suponen la aparición del caos.

En lo psíquico por ejemplo aparece la necesidad de sostener alguna creencia, alguna valoración, algún tabú positivo o negativo, para poner un límite a la combinatoria pura de la red significante, porque si no ésta, que trabaja más allá del sentido, en un jugar puro de combinaciones, llevaría sus efectos de sentido a la locura, a la indiscriminación, a una navegación indeterminada por cualquier universo de símbolos.

Se trata de que no es posible no creer y no es lícito científicamente creer sin apuntes de la razón sobre el sentimiento de creencia. Una especie de lógica paradojal, que es por otra parte la del inconsciente en Freud.

Algo de esto habría de estar funcionando en la concepción de lo post moderno, algo que, lejos de tirar a la basura lo anterior, en este caso lo moderno, lo relativiza en el sentido de hacer énfasis en que el valor absoluto con que lo vivimos o sentimos, no está garantizado.

Creo que esta manera de entenderlo estaría afirmando lo que puede llamarse una idea verdad en proceso.

No se trataría entonces de una llamada al nihilismo ni al caos ni a nada por el estilo, sino a una alerta sobre el sentimiento de vanidad con que se asume el saber.

Una alerta sobre la idealización, por una parte inevitable ¡y tan humana! de los saberes, de las concepciones y teorías. De saber en fin, como dicta el sentido común, que todos nos podemos equivocar.

En este sentido más que “el fin de los grandes relatos”, expresión que sugiere un saber fragmentado cuya lógica rechaza todo lo que se extiende más allá de un punto en el espacio de las ideas, nos gustaría que se tratara de una propuesta del fin de la idealización de los grandes relatos.

En el conocimiento de que la tendencia a la idealización es inevitable, la conciencia de que ha de ser trabajada con mayor entidad a partir de este nuevo paradigma.

Luis Schnitman. Cali. Colombia. 2008